Información en el póker: qué es y por qué se puede medir

¿Qué es, exactamente, una información en el póker? No hablamos de tells ni de cómo se lee a los rivales: la pregunta viene antes. En un spot pasan cien cosas —cartas que se destapan, apuestas, tiempos de reacción, actitudes— y antes de preguntarse cuánta información posee un jugador, hay que establecer qué cuenta como información. Es el paso que casi todos se saltan, y sin el cual no hay nada que medir.

Qué es realmente una información en la mesa

El estudio parte de una exigencia de método: antes de proceder a cuantificar la información que se puede adquirir —e independientemente de las habilidades de cada jugador— es necesario definir el concepto de información desde el punto de vista científico.

Parece un preámbulo académico y, en cambio, es el punto en el que se decide todo. A la mesa llega continuamente material en bruto: una carta que se destapa, una apuesta, el tiempo que se toma el rival, la manera en que coloca sus chips. Llamar «información» a todo esto sin distinción equivale a no llamar información a nada. Mientras no se establezca qué parte de ese flujo cuenta de verdad, no hay nada que contar y, por tanto, nada que medir. Es una definición que debe valer para cualquiera que se siente a la mesa, con independencia de lo bueno que sea a la hora de aprovecharla: la medida viene antes que la habilidad, no después.

En la mesa no solo se cuentan las chips

La definición científica llega desde un lugar inesperado para quien juega. La información, explica Luigi Anolli, constituye una dimensión básica de la realidad, junto a las de masa y energía, y no puede incluirse entre estas últimas. No es una forma de hablar: es una magnitud autónoma, que no se deja reducir ni a materia ni a energía.

En la mesa la traducción es inmediata. Las chips que tienes delante se cuentan, se apilan, y ya hemos visto cuánto pesan en tus posibilidades. Pero en el mismo spot circula otra cosa que nadie cuenta y que es igual de real. No es una impresión del jugador: es una magnitud por derecho propio.

Que hoy se haya vuelto central no es casual. Vivimos en lo que se ha dado en llamar la sociedad de la información: internet y la comunicación mediada por computadora han impuesto una nueva forma de percibir, comprender e interpretar la realidad, desplazando la atención desde las teorías de la acción social basadas en la racionalidad a priori —de raíz weberiana— hacia aquellas según las cuales el actuar está gobernado por la necesidad de entrar en relación con los demás.

La diferencia que produce información

El primer intento de definir formalmente la comunicación es el modelo matemático de Shannon y Weaver (1949), del que hemos hablado en otro lugar. Aquí interesa una sola cosa: la definición de información sobre la que se apoya ese modelo.

Es la de Gregory Bateson (1979): la información es la percepción de una diferencia. Shannon la entiende como una magnitud discreta, observable y medible, y son precisamente estos tres adjetivos los que marcan la diferencia para nuestro razonamiento. Discreta, porque se presenta en unidades distinguibles unas de otras y no como un flujo indistinto; observable, porque la diferencia se manifiesta y no queda encerrada en la cabeza de quien juega; medible, porque lo que se distingue y se observa, en principio, también se puede contar.

En la mesa funciona exactamente así. En el turn cae una carta y el panorama cambia: la textura del board un instante antes era una, ahora es otra. Lo que informa no es la carta en sí, sino el cambio que introduce respecto al instante anterior. Si esa carta no cambiara nada —si no produjera ninguna diferencia perceptible— no te habría informado de nada, aun siendo perfectamente visible sobre la mesa.

Una carta destapada todavía no es una información

De ello se deriva una consecuencia que vale la pena hacer explícita: la información no está representada por el dato en sí, sino por lo que pasa de quien emite a quien recibe. El dato es el soporte; la información es lo que transita sobre él.

De ahí la definición operativa que adopta el estudio, tomada de nuevo de Anolli y elegida por ser la más idónea para su objetivo: la información es el valor de probabilidad que se realiza dentro de muchas posibilidades combinatorias, un abanico de elecciones entre un conjunto de símbolos.

Trasladada a la mesa, es la más concreta de las tres formulaciones. La carta destapada es el dato. La información es el abanico que esa carta abre y cierra: qué combinaciones se vuelven posibles, cuáles se apagan, cuáles pasan a ser más probables que un instante antes. Dos jugadores miran el mismo naipe y reciben informaciones distintas, porque distinto es el abanico que ese naipe abre para cada uno de ellos.

Por qué esta definición hace medible el póker

Aquí se entiende por qué la elección de esa definición no es un detalle erudito. Si la información es un valor de probabilidad dentro de un conjunto de combinaciones, entonces deja de ser una sensación y se convierte en una magnitud: algo que se puede atribuir, comparar y asignar a cada fase de la mano.

Es exactamente lo que hacía falta. Lo que los jugadores llaman intuición —la sensación de saber algo más en el turn que en el pre-flop— se convierte en una cantidad que se puede estimar, en lugar de un talento misterioso. Y es la base sobre la que se apoyan los Skill Poker Index, y la razón por la que el peso de la suerte puede acotarse en lugar de sufrirse. Atención, sin embargo: no significa que el póker se reduzca a un cálculo. Significa que una parte de lo que ocurre en una mano sale de la anécdota y entra en un orden de magnitud.

En el próximo artículo veremos cómo esta definición permite releer en clave estructural una teoría clásica de la literatura pokerística: el teorema fundamental del póker de David Sklansky.

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